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El mundo está construido sobre una estructura que, pese a nuestros esfuerzos e intentos, no va a caer. La movilidad social es un ideal, mas no una realidad, y Linda Liddle está aprendiéndolo de la manera más dura. Sin embargo, a veces la vida ofrece oportunidades únicas, y saber aprovecharlas es la clave para, una vez en mil millones, torcer la mano del destino.
Sinopsis: La historia sigue a Linda Liddle (Rachel McAdams) y Bradley Preston (Dylan O’Brien), dos colegas que sobreviven al accidente del avión en el que viajaban por negocios, quedando varados en una isla remota. Ella, experta en supervivencia, se convierte en la única esperanza de su arrogante jefe para mantenerse con vida. Sin embargo, lo que comienza como una lucha por sobrevivir pronto se transforma en una tensa batalla de voluntades, ingenio y poder, aderezada con un ácido humor negro.
El trabajo del director vuelve a encantar a sus seguidores, que hace años no lo veían aplicar esta mezcla ácida y atractiva entre humor y terror, jugando con los estereotipos para facilitar la empatía y dar paso rápidamente a este giro oscuro de la historia, lleno de fluidos y sorpresas. Un regreso algo tímido, pero firme.
Nuestros protagonistas son Linda, una persona cuyas mejores cualidades no están a la vista, y Bradley, un jefe recién nombrado que no va a perder su valioso tiempo intentando descubrirlas. Sin embargo, la vida los llevará a replantearse sus decisiones y a arriesgar todo aquello que antes habían protegido para intentar sobrevivir.

Rachel McAdams construye un personaje que va develando progresivamente su verdadero yo, mostrando quién puede llegar a ser en un mundo que ya no exige cumplir con lo socialmente aceptable y que, al mismo tiempo, despierta sus pensamientos más contenidos frente a una realidad que la rechaza constantemente por su apariencia y niega sus habilidades por no encajar en una imagen de lo deseable. Lo hace con una solidez notable. En contraparte, Dylan O’Brien logra acompasarse a la experiencia de la actriz y su personaje tiene que comprender que no basta con ser aquello que los demás reconocen, sino que es necesario tener un mérito propio.

Rápidamente, el director establece las bases de su historia y, a partir de ahí, esta se desarrolla casi como un juego de toma de decisiones, en el que cada acto conduce a un escenario cada vez más extremo, bombardeándonos con la dura realidad de cada elección.
En este terreno aislado, la moralidad comienza velozmente a perder su forma para dar paso a “la ley del más fuerte”, pues ya no hay superiores ante quienes lucir buenas acciones ni subordinados que busquen ganarse nuestro favor, sino solo una dupla que debe decidir qué es lo que realmente le interesa, fuera del juicio o del deber.

Quizás el pecado de esta cinta es que sus referencias, a ratos, dejan de ser solo eso, provocando una sensación demasiado palpable de “ya he visto esto antes”, especialmente en relación con Triangle of Sadness, que realiza un trabajo mucho más reflexivo y elaborado.

Sin embargo, sí se corona como una propuesta mucho más directa, que enfoca su energía en la acción y la tensión, con un tono clásico del director que hace años no veíamos en la pantalla grande. Una mezcla precisa que resulta entretenida e impactante a partes iguales, donde la sangre y el asco se convierten en los mejores aliados de la risa para construir una historia que no pretende entregar análisis ni moralejas, sino exponer un escenario extremo y poner a prueba hasta dónde podríamos llegar.













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