[Reseña] “Caballo Salvaje Nueve”: La verdad de McDonagh en el fin del mundo

Hablar de los largometrajes de  Martin McDonagh es hablar de existencialismo, amistad, humor negro y violencia. Caballo Salvaje Nueve concentra todos estos elementos en su máxima expresión, coronados por el familiar y cautivador entorno de Tapa Nui.

Sinopsis: Poco antes del golpe de Estado chileno de 1973, los agentes de la CIA Chris (John Malkovich) y Lee (Sam Rockwell) son enviados desde Santiago a la Isla de Pascua por su jefe, MJ (Steve Buscemi). Entre las icónicas estatuas de la isla, y mientras los socios de larga data lidian con sus pasados oscuros y conspiraciones presentes, el nuevo vínculo de Chris con unas estudiantes rebeldes (Mariana di Girolamo y Ailín Salas) pone en riesgo el curso del viaje en este paraíso remoto.

Cuando nos enfrentamos a la amistad entre Chris y Lee, no advertimos de inmediato que esta ha alcanzado un punto álgido. A ambos se les asigna una misión que comienza como cualquier otra. Sin embargo, Chris se ha convertido en un problema para la CIA y Lee, como su amigo y fiel compañero de trabajo, debe hacerse cargo. La relación entre ambos constituye un espacio en el que todo parece natural, donde los juicios y los arrepentimientos se enfrentan lejos de cualquier superioridad moral, desde la vulnerabilidad propia de quienes se enfrentan a un final oscuro y comienzan a dimensionar verdaderamente sus actos. 

El guion logra un equilibrio difícil de alcanzar al relatar la historia desde la vereda de los perpetradores, sin despojarlos de su complejidad humana, pero, más importante aún, sin victimizar ni omitir la responsabilidad de sus acciones. La capacidad de reconocer la humanidad de sus protagonistas no implica justificar sus actos, sino comprender las contradicciones de quienes, enfrentados a sus propias decisiones, comienzan a dimensionar sus consecuencias. Todo esto permite conectar tanto con el contexto histórico de la obra como con la dimensión personal de sus protagonistas.

Una vez más, los diálogos de McDonagh son precisos al capturar la dualidad de la condición humana, donde la crueldad y la fragilidad conviven estrechamente, y donde la culpa y el perdón se esconden entre diálogos mordaces y risas.

Al igual que en sus anteriores obras, un elemento importante es la manera en que sus personajes enfrentan la soledad y los conflictos morales a los que se ven sometidos. Todo esto convive con ese humor ácido y oscuro tan característico de su trabajo, capaz de instalar reflexiones profundas sin perder la mordacidad que define su narrativa.

El personaje de Chris experimenta una evolución profundamente reveladora a través de la interpretación de John Malkovich, que transita desde la intensidad emocional desbordada y la acidez de su conducta hasta el ensimismamiento propio de quien se enfrenta a la muerte. Por su parte, Sam Rockwell constituye el contrapeso perfecto: su interpretación funciona como una guía narrativa para el viaje emocional de Malkovich, absoluto protagonista de la historia. La actriz nacional Mariana di Girolamo realiza una interpretación deslumbrante, especialmente si consideramos la escasez de diálogos y el limitado tiempo en pantalla de su personaje, logrando transmitir mucho más.

Es sin duda emocionante ver retratados los paisajes de Rapa Nui a través de la fotografía de Ben Davis, sobre todo considerando el peso del uso del color para transportarnos a otra época. Esto cobra especial relevancia ante la escasez de elementos contextuales que componen las escenas, pues gran parte de la historia transcurre en entornos naturales que se han mantenido prácticamente inalterados a través de los años. La majestuosidad de los moáis adquiere así una presencia que trasciende lo visual y contribuye a construir la identidad de este especial escenario.

El director expone su punto de vista sin remordimientos ni restricciones, con la dosis de violencia necesaria para reflejar la crudeza de lo que se está contando y aterrizar una realidad que, hasta ese momento, pareciera ser solo un rumor lejano.

Martin McDonagh sabe tocar una fibra sensible sin exprimirla, con la destreza suficiente para sembrar una semilla que permanece ahí y despierta cada vez que cuestionamos la humanidad del mundo y nuestra propia sensibilidad.

Agregar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *