[Reseña] “Eddington”: Ari Aster tiene algo que decir

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Para nadie es un secreto que vivimos tiempos turbulentos. La era de la hiperconectividad, la reciente pandemia, las injusticias sociales, la facilidad para manipular la información, el individualismo, la violencia y cientos de otros problemas que han afectado a la sociedad, a la forma en que nos relacionamos y a nuestra visión del mundo. Todos tenemos nuestra propia verdad, no importa si es incorrecta. Nos comprometemos con ella y se convierte en el eslogan de nuestra realidad.
Ari Aster siente angustia al ver el mundo ardiendo, todo al mismo tiempo, y solo puede reírse de ello.

Sinopsis: Un enfrentamiento entre el sheriff de un pequeño pueblo (Joaquin Phoenix) y el alcalde (Pedro Pascal) desata un caos cuando los habitantes se enfrentan entre sí en Eddington, Nuevo México.

La película es una ilusión de western, y a ratos pareciera relatar una realidad demasiado estadounidense, pero la verdad es que, a medida que nos adentramos en los distintos aspectos de la historia, no hay elementos que no se apliquen a cualquier realidad, en cualquier parte del mundo.
El retrato es crudo, caótico, desvergonzado y desmedido. Un lente amplificado que enfoca directamente todos los males que nos infectan.

El protagonista es Joe Cross, interpretado por Joaquin Phoenix, un sheriff que ve cómo su pueblo empieza a desmoronarse debido a un peligro que parece lejano, e intenta salvar lo que ama y habita de las amenazas de lo desconocido. Nos enfrentamos a esta ambivalencia entre lo que creemos correcto o “bueno” y las creencias propias del personaje. Todo está creado con destreza, en un vaivén constante que nos invita a entenderlo, juzgarlo, sentir lástima por él y detestarlo. Nuevamente somos testigos del caos en la propia mente.

La necesidad de encontrarnos, definirnos y pertenecer parece una urgencia que, si no se resuelve, nos carcome. Es en torno a las relaciones que crea el protagonista que vamos conociendo a otros personajes. Ellos también viven aquejados por la pandemia y los demonios internos que, aunque dormidos, florecen en su máximo esplendor en este ambiente hostil. Así, poco a poco, nos enfrentamos a los demás personajes: Ted García, un alcalde que solo sale a flote a partir de su rol público; la esposa de Joe, quien vive perseguida por los fantasmas de su pasado; la suegra de Joe, Dawn, que parece vivir una realidad paralela generada en internet; y la nueva generación, que parece tener problemas mucho más relevantes que la realidad mundial.

Por supuesto el juego de cámaras y la estética acompañan magistralmente todo el trabajo narrativo, en eso el director ya ha probado su maestría. 

Quizás lo más importante para arriesgarse con esta película es conocer al director, quien ha adoptado una forma de hacer cine cruda, satírica, deslenguada, irreverente, guiada por el caos mismo hacia los rincones más ácidos y oscuros. Una especie de pesadilla febril.
Además, es una película que se cocina lento, que avanza intentando no dejar un rincón sin explorar. Y desde ahí, siempre nos sorprende con un mundo en el que abundan las risas y el horror, la burla y el desencanto.

La película abraza sus oportunidades de poner una idea fuera en el mundo, de ser un mensaje y no simplemente buscar un fin, sea este impulsar un cambio o simplemente entretener. Y en ese mensaje, que tiene múltiples aristas, cada quien debe encontrar su lugar, su propio sentido.

La cinta es larga, pero se construye de a poco. Y aunque a veces podría resultar excesiva, el viaje se hace valer. La elección es de ustedes. Esta vez no vamos únicamente por entretenimiento, vamos abiertos a lo que este film nos quiere mostrar. Porque de eso se trata, de que Ari Aster tiene algo que decirnos a su manera, y de si estamos realmente dispuestos a escucharlo.
En cines, gracias a Andes Films Chile.

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