[Reseña] “Noche de Paz, Noche de Horror”: No todos merecen regalos

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Ya está disponible en los cines de Chile: “Noche de Paz, Noche de Horror” (2025) una nueva visión del infame slasher de los 80 que, en su época, fue retirada de los cines tras la indignación pública… lo que solo la convirtió en un mito del terror navideño.

Sinopsis: Cuando era niño, Billy presenció el asesinato de sus padres a manos de un hombre disfrazado de Santa. Años después, el trauma se convierte en obsesión cuando él mismo se pone el traje rojo, transformando la temporada de alegría en una de terror… donde los “malos” pagan con sangre.

¿Y si el Viejo Pascuero no viniera a dejar regalos… sino a pasar juicio con los niños malos? No como un disfraz ni una postal navideña, sino como un simbionte al estilo “Venom”, pero en un especial de navidad: algo que te habla, juzga y necesita meterse dentro de alguien, para decidir quién merece castigo. Desde esa idea inquietante parte “Noche de Paz, Noche de Horror” (Silent Night, Deadly Night), una relectura del clásico ochentero que entiende muy bien que hoy un Santa asesino ya no escandaliza por sí solo. La apuesta, entonces, no es provocar por shock, sino por incomodidad desde las tripas.

Cuando era niño, Billy presencia el asesinato de sus padres a manos de un hombre disfrazado de Santa Claus. Años después, ese trauma no desaparece: muta en obsesión. Billy se pone el traje rojo y transforma la Navidad —esa época supuestamente alegre— en un sistema de castigo. Según su propio código moral, los “malos” no se salvan. Pagan con sangre.

El arranque funciona y tiene carácter. Hay atmósfera, se toma en serio el trauma y se nota una intención clara de incomodar más que de hacerle guiños fáciles al fan del género. No busca la parodia inmediata ni el homenaje vacío: quiere construir una lógica interna donde Santa no es un chiste, sino una voz moral imponente, ronca y ruda.

En lo visual, la película es muy consciente de su identidad. La puesta en escena, los colores, el rojo omnipresente, un diseño de arte sucio y perversamente navideño remiten de inmediato al terror, con ecos claros a “Terrifier”, aunque acá se siente un presupuesto más ajustado. Aun así, hay una decisión inteligente: priorizar identidad por sobre espectáculo. Todo se ve coherente, con personalidad de la productora, algo que recuerda a la estrategia de A24 en otro registro, menos plata, pero decisiones claras que sostienen una estética reconocible de principio a fin.

El principal problema aparece en el desarrollo. Durante buena parte del segundo acto, la película se vuelve ambigua en exceso. Cuesta entender desde dónde mirar al protagonista y qué reglas rigen su castigo. En el slasher clásico, alguien cruza una línea y paga por eso. Acá, esa información llega tarde, y el relato se estira demasiado sin entregar coordenadas claras. No es que la ambigüedad sea mala, al contrario, pero cuando se prolonga más de la cuenta, la tensión se enfría.

Todo cambia pasada la mitad del metraje, con una escena tan absurda como gloriosa: una pelea entre Santa Claus y nazis. Ahí la película se libera. Aparece el humor negro sin culpa, se explicita el código moral y el relato, por fin, pisa el acelerador. En ese mismo punto también se percibe una evolución clara en la actuación de Rohan Campbell (The Hardy Boys), que empieza a dominar al personaje y a enfrentarse directamente a esa voz interna que encarna al Santa. El juego recuerda mucho a Tom Hardy dialogando con Venom: un duelo interno constante, incómodo, pero entretenido.

Desde ahí, “Noche de Paz, Noche de Horror” (Silent Night, Deadly Night) deja de pedir paciencia y empieza a entregar recompensa, porque no solo son gritos y risas, sino que se desencadena una subtrama de amor navideño, donde en un estado de locura también se puede encontrar el amor, ahí viendo la película entenderán. Uno no necesariamente está de acuerdo con lo que hace Billy, pero entiende sus reglas, y esa claridad genera una empatía tardía, pero efectiva.

Desde pequeño, el Viejo Pascuero siempre me dio miedo. No sé bien por qué. Algo en su presencia no me cerraba, no me tranquilizaba. Lloraba cada vez que intentaban sacarme la clásica foto de verano, esa donde un desconocido con barba falsa te sienta en sus rodillas y te obliga a sonreír a cámara. Nunca la tuve. Algo pasó ahí, algo quedó pendiente.

Por eso, cuando me encontré con la película, me sorprendí. Sin buscarlo, mi mayor temor infantil se había trasladado a la pantalla grande. El Santa amenazante, incómodo, invasivo, ya no era solo una sensación difusa: tenía cuerpo, voz y violencia. La película no me explicó ese miedo, pero lo puso en escena. Y eso, curiosamente, alivió.

Sin querer, esta película me ayudó a cerrar algo que tenía guardado. Quién pensaría que un slasher podía servir para procesar un trauma de infancia. Este 2025, finalmente, logré sacarme esa foto que nunca existió: la comparto como la primera imagen junto al Viejo Pascuero, ahora con mi hijo. A veces el terror no solo sirve para gritar o reírse: también puede reconciliarte con fantasmas que llevas desde chico.

Dentro del slasher, la película cumple. Tiene buenas ideas, momentos que funcionan y una identidad que se afirma cuando deja de mirar tanto al original del 84 y se permite ser ella misma. Su gran problema sigue siendo el timing: demora demasiado en llegar al punto donde realmente despega. Pero cuando lo hace, deja claro que con un poco más de decisión, podría haber sido una película navideña sangrienta mucho más potente, y memorable, porque está hecho por gente que ama el género y sabe jugar. No busca reinventar nada, pero sí pasarla bien.

Sin duda habrá una secuela, así que puede que sea recomendable subirse al trencito de terror de la productora de “Terrifier”, antes que empiece a crecer el “lore”, como dicen los jóvenes.

Si te gusta sentarte a pasar un buen rato con una película de terror sin culpa, gritar, reírte, ir a capear el calor con amigos en una sala de cine, y festejar los momentos absurdos que solo el slasher puede regalar, “Noche de Paz, Noche de Horror” (Silent Night, Deadly Night) es tú película. No es perfecta, pero entiende el espíritu navideño mejor que muchas comedias con exceso, caos y un poco de sangre bajo el árbol. Una Navidad para gritar, reír y enamorarse con el género.

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