[Reseña] “Springsteen: Música De Ninguna Parte” : tibieza y dolor

Tiempo estimado de lectura: 3minutos, 21segundos

Bruce Springsteen es un artista que, a través de sus canciones, resuena con miles de oyentes en todo el mundo. Con letras que hablan de justicia social, pero también de esperanza y del distanciamiento respecto de esa misma sociedad con la que se identifica, ha logrado alcanzar la fama mundial y convertirse en protagonista de libros, documentales y, más recientemente, de este biopic dirigido por Scott Cooper.

Sinopsis: SPRINGSTEEN: MÚSICA DE NINGUNA PARTE de 20th Century Studios retrata el proceso de creación del álbum “Nebraska” lanzado en 1982 por Bruce Springsteen cuando él era un joven músico en la cúspide del estrellato mundial que luchaba por conciliar las presiones del éxito con los fantasmas de su pasado. Realizado en una grabadora de 4 pistas en la habitación de Springsteen en Nueva Jersey, el álbum marcó un momento de inflexión en su vida y es considerada una de sus obras más perdurables, un disco acústico crudo y atormentado poblado de almas perdidas que buscan una razón para creer.

 

Algo confusa, la película demora en revelar que lo que verdaderamente le importa no es la historia de vida del artista, sino la historia particular de la creación de este álbum, que refleja una etapa turbulenta en su vida pero que logra traducirse en un momento crucial de su carrera.

Ese disco rudo, oscuro y agónico tenía tras de sí una herida escondida: honda, pero aún sangrante. Un niño abandonado y asustado, el fantasma de una enfermedad y muchas palabras no dichas. Sin embargo, la película no logra adentrarse del todo en esa historia que pretende contar, avanzando con tibieza y con tanto miedo a la profundidad como su propio protagonista. Vemos la historia como alguien ajeno, observando a quien no conoce. Y podría esperarse que la magia del cine borrara ese límite, que nos volviera confidentes o al menos cómplices de ese sufrimiento que se nos menciona pero no se nos transmite, pero a pesar de sus esfuerzos, no lo consigue.

Vemos los peaks emocionales desarrollarse en pantalla, los close-ups a los rostros, escuchamos cómo sube el volumen de la música y sabemos que deberíamos sentir algo que nunca llega.
Aun así, no puedo dejar de valorar que la depresión se aborde de esta forma en pantalla, porque no podemos reparar aquello de lo que no hablamos, aquello que no vemos. Y quizás, para alguien allá afuera, esta película aún logre ayudar o inspirar.

Aparte del personaje, existe un fragmento de la cinta que aborda el inmenso desafío que implicó la creación y posterior publicación de este álbum. Este resulta sumamente interesante, sobre todo si te atrae el mundo de la música. Entrega un guiño al trabajo del equipo detrás del rostro: su esfuerzo, sus vínculos y la manera en que, gracias a ellos, una visión puede finalmente concretarse y entregarse al mundo.

La actuación de Jeremy Allen White da justo en la nota, aunque ya sabíamos lo bien que interpreta este tipo de papeles. También pone su voz en las canciones, logrando rescatar con bastante fidelidad el tono de Springsteen. Los papeles secundarios son notables, especialmente Jeremy Strong como Jon Landau, el siempre fiel y creyente representante de Bruce, que se convierte en guía y soporte, y con quien logramos conectar incluso más que con el propio protagonista. También Odessa Young como Faye, quien comienza como un “interés amoroso” con fuerza propia y rápidamente se transforma en un cable a tierra.

«Springsteen: Música de ninguna parte» es una buena receta que no termina de cocinarse, probablemente nos deje deseando que se hubiese atrevido un poco más, pero nos consuela con la interpretación de Jeremy Strong y una música simplemente increíble. En cines gracias a Cinecolor Films.

Sin comentarios

Deja una respuesta