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El mundo cambia, y con él también cambia la forma en que lo percibimos. El cine se adapta a estos cambios, y por ello pareciera que el género de la “comedia romántica” ya no es lo que conocíamos. Las historias graciosas con finales esperanzadores han evolucionado hacia narrativas más irónicas, cuyo objetivo no siempre es sembrar la esperanza en el amor. Sin embargo, esto no significa que hayan perdido su encanto o que hayan dejado de ser dignas de disfrutar.
“Amores Compartidos” (Splitsville) se disfruta por sí sola, más allá de si se presenta como una “comedia no romántica” o simplemente como comedia.
Sinopsis: Cuando Ashley le pide el divorcio, el bienintencionado Carey busca consuelo en sus amigos más cercanos, Julie y Paul. ¿El secreto de su feliz matrimonio? Una relación abierta. Pero cuando Carey cruza un límite, el delicado equilibrio entre la amistad, el amor y el deseo se convierte en un completo caos.
La película se centra en dos parejas que, aparentemente, se encuentran en extremos opuestos de sus matrimonios: una al borde del quiebre, compuesta por Carey (Kyle Marvin) y Ashley (Adria Arjona), y otra que parece tener todo resuelto y no podría estar mejor, formada por Julie (Dakota Johnson) y Paul (Michael Angelo Covino). Poco a poco, vamos descubriendo las verdades detrás de estas fachadas, a través de situaciones cada vez más caóticas e hilarantes.
El guion juega con la realidad de las relaciones modernas: la vida con hijos, las exigencias económicas, el estatus social y la idea de llevar al extremo propuestas que, en teoría, podrían funcionar. Todo esto se aborda con un humor ácido y ridículo, muy en sintonía con la generación a la que se dirige; una generación que propone nuevos estándares que no necesariamente entiende del todo, y que a veces parece perderse entre otras dos que sí tienen claro su destino.

En este sentido, los personajes masculinos son los que más destacan. Curiosamente, es a ellos a quienes esta película pone en jaque, cuando, por lo general, lo romántico se suele asociar con las mujeres. Los roles tradicionales se invierten, mostrando a las mujeres como más individualistas y confiadas, mientras que los hombres no logran adaptarse completamente a estos cambios en el esquema. Esto resulta un acierto, ya que permite mostrar personajes sensibles, caóticos y, a su vez, disfuncionales. La narrativa une todos los elementos de forma armónica y logra jugar con las expectativas sobre el género y las relaciones.

Ahora, hablando sobre lo no tan positivo: algunos personajes, en su afán satírico, se vuelven algo insoportables por momentos, pero la trama logra mantener el compromiso del público. Otro aspecto que puede resultar incómodo es la constante búsqueda de lo aesthetic, que le resta espontaneidad y fluidez a la historia, haciéndola parecer, por momentos, demasiado escenificada.
Quizás la insistencia en clasificarla como una “comedia romántica” responda más a una obsesión del marketing por encasillar algo que ya brilla por sí solo, sin necesidad de ser vendido bajo un género que hoy parece más un eslogan que una categoría real.

Tal vez deberíamos permitirle explorar su propio género, sin intentar encajarla dentro de márgenes que ni cumple, ni necesita cumplir.













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