
A estas alturas, Jane Austen y su obra no son solo clásicos de la literatura, sino también del cine. El impacto de su trabajo ha llevado a que sus novelas sean adaptadas en numerosas ocasiones, dando lugar a momentos icónicos que han quedado grabados en el inconsciente colectivo de los amantes del cine y el romance.
Por eso, para muchos resulta difícil dejar de lado la versión de Ang Lee, que precede a esta nueva adaptación y es considerada una de las mejores versiones cinematográficas de la obra de la autora británica. Sin embargo, esta nueva propuesta, que marca el debut de Diana Reid como guionista cinematográfica, logra capturar el espíritu de la novela a través del contraste entre ambas hermanas, destacando la vulnerabilidad de las mujeres de la época, pero dotando a sus protagonistas de fortaleza y determinación.

Sinopsis: Tras la muerte de su padre, las hermanas Elinor y Marianne Dashwood quedan en una situación económica precaria debido a las estrictas leyes de herencia de la Inglaterra de finales del siglo XVIII. Obligadas a abandonar el hogar familiar junto a su madre y su hermana menor, deberán abrirse camino en una sociedad donde el matrimonio suele determinar el destino de las mujeres.
Mientras la sensata y reservada Elinor intenta mantener la compostura frente a las dificultades, la apasionada e impulsiva Marianne se deja llevar por sus emociones. A través de desamores, sacrificios y nuevas oportunidades, ambas descubrirán que encontrar el equilibrio entre la razón y el corazón será la clave para forjar su propio futuro.
La dupla protagonista de las hermanas Dashwood, encarnadas por Daisy Edgar-Jones como Elinor y Esmé Creed-Miles como Marianne, ofrece interpretaciones que sostienen el relato y dan vida al contraste entre la reserva emocional de Elinor y la espontaneidad de Marianne. Ambas destacan tanto por la complicidad que construyen en pantalla como por la manera en que encarnan las cualidades y contradicciones de sus personajes.

La película logra capturar la tensión emocional de las dos hermanas, que intentan afrontar este difícil quiebre de la mejor manera que saben. Sin embargo, ambas deberán enfrentarse a la ruptura de sus ideales y a una realidad que, pese a sus temores, también puede acercarlas a sus deseos más profundos de formas que nunca imaginaron posibles.
Sus contrapartes masculinas no se quedan atrás. George MacKay, como Edward Ferrars, y Herbert Nordrum, como el coronel Brandon, conquistan la pantalla con interpretaciones que apuestan por la sutileza y permiten que los gestos, las miradas y los silencios se conviertan en protagonistas. El cuarteto principal genera una química que trasciende la pantalla y convierte al espectador en testigo expectante del desarrollo de sus relaciones y de las decisiones que van tomando, incluso cuando ya conocemos de sobra esta clásica historia.

El guion combina el conflicto romántico con las presiones sociales y económicas de la época, sin reducir a las protagonistas a sus respectivas historias de amor. Asimismo, otorga peso a temas fundamentales de la obra de Austen, como la condición social de las mujeres, las diferencias de clase y la seguridad económica, sin dejar de lado el romanticismo que caracteriza su narrativa. A esto se suma un elemento especialmente interesante: la complicidad entre ambas hermanas, que nunca pierden su conexión a pesar de las profundas diferencias en sus formas de enfrentar el mundo.

Los personajes secundarios también enriquecen la narración y aportan matices de humor que alivian la tensión emocional de la historia, contribuyendo a equilibrar el torrente de sentimientos que atraviesa a los protagonistas y al espectador.
La fotografía destaca por sus entornos naturales y una estética más sombría y caótica, con encuadres sumamente cerrados que ponen el foco en la sensibilidad de los personajes y en la intimidad de sus emociones. Esta propuesta visual apoya la construcción de una atmósfera propia, en sintonía con los conflictos internos que atraviesan las protagonistas.

En definitiva, la película encuentra su mayor fortaleza en la relación entre las hermanas y en unas interpretaciones que transmiten con sensibilidad sus conflictos y contradicciones. Sin llegar a la altura de la casi insuperable versión de Ang Lee, esta adaptación logra construir una identidad propia gracias a su interesante mirada sobre el vínculo entre Elinor y Marianne, así como al trabajo de sus protagonistas. Una propuesta que tiene méritos suficientes para conquistar tanto a nuevos espectadores como a los fanáticos de Austen, aunque haga dudar a los más exigentes.
