[Reseña] “Backrooms: Sin Salida”: Una experiencia absorbente, incómoda y profundamente divisiva

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Ya está disponible en los cines de Chile: “Backrooms: Sin Salida” (Backrooms), adaptación cinematográfica del fenómeno creepypasta que se convirtió en un fenómeno viral gracias a YouTube y que marca además el debut cinematográfico de Kane Parsons, creador del universo original. El proyecto nace a partir del enorme impacto que tuvieron los cortometrajes realizados por Parsons durante su adolescencia, donde dio vida a este inquietante mundo inspirado en las dimensiones ocultas, el found footage y los llamados “espacios liminales”: laberintos interminables de oficinas vacías, luces fluorescentes y pasillos monocromáticos que parecen existir fuera de la realidad.

Sinopsis: Una extraña puerta aparece en el sótano de una exposición de muebles. Cuando el paciente de una terapeuta desaparece en una dimensión más allá de la realidad, ella deberá adentrarse en lo desconocido para salvarlo.

“Backrooms: Sin Salida” (Backrooms) es una de esas películas que desde el primer minuto deja claro que no está hecha para todos. Es una experiencia extremadamente particular, más cercana al horror atmosférico y psicológico que al terror comercial; lo cual, siento que va a dividir muchísimo al público. Habrá personas completamente fascinadas con la propuesta y otras que probablemente salgan de la sala preguntándose qué acaban de ver. Mucho dependerá de cuánto conectes con el lore de los Backrooms y con el contenido que Kane Parsons ha construido durante años en YouTube.

La historia nos traslada a un interminable laberinto de oficinas vacías, luces fluorescentes y pasillos monocromáticos donde acechan extrañas entidades. Ambientada en 1990, la película sigue a Clark (Chiwetel Ejiofor), un vendedor de muebles que descubre un portal oculto en el sótano de su tienda y termina obsesionándose con explorar aquella dimensión imposible. Y, justamente desde esa premisa queda claro el tipo de experiencia que propone “Backrooms: Sin Salida” (Backrooms): una película mucho más enfocada en generar sensaciones, incomodidad y misterio que en construir un relato tradicional de terror.

Por eso mismo, siento que el principal problema está en las expectativas que se han creado alrededor de la película. El boca a boca y el fenómeno viral de los Backrooms han instalado la idea de que podría convertirse en una de las mejores películas de terror del año y, sinceramente, creo que está lejos de eso. No porque sea necesariamente una mala película, sino porque su propuesta es muchísimo más pequeña, más experimental y más interesada en lo atmosférico que en entregar una historia sólida o respuestas claras. Quienes entren esperando una experiencia convencional probablemente van a salir bastante decepcionados.

Lo más interesante de la película está en cómo utiliza los espacios liminales y esta sensación constante de incomodidad. Los Backrooms se sienten extraños, rotos, vacíos, como un lugar que existe pero que al mismo tiempo no debería existir. La película logra capturar muy bien esa ansiedad de estar atrapado en un espacio infinito donde nada parece tener sentido y donde encontrar una salida parece imposible. Hay momentos realmente inmersivos en los que uno simplemente se deja absorber por este mundo extraño y perturbador.

También se nota muchísimo la mano de Kane Parsons. Considerando que esta es su primera película y que además se convirtió en el director más joven en trabajar con A24, es evidente que tiene ideas visuales interesantes y una comprensión muy clara del universo que creó. A24 prácticamente le dio libertad total para explorar lo que quisiera hacer con la franquicia y eso tiene cosas positivas, pero también negativas. Porque al final da la sensación de que Parsons se mantiene demasiado en su zona de confort y nunca termina llevando el concepto a algo realmente nuevo.

Y ahí es donde aparece el mayor problema de “Backrooms: Sin Salida” (Backrooms), muchas veces se siente más como un cortometraje de YouTube extendido que como una película completa. De hecho, honestamente creo que la propuesta funcionaba mejor en formato corto. El guion simplemente no logra sostener una duración más larga y la historia no evoluciona lo suficiente como para justificarlo. El lore de los Backrooms tiene potencial enorme para el cine, pero esta primera adaptación no termina aprovechándolo completamente.

Eso sí, hay algo muy interesante en cómo conecta psicológicamente a los personajes con este mundo quebrado y deformado. Los protagonistas también son personas rotas, perdidas, atrapadas emocionalmente, y la película utiliza los Backrooms como una representación física de ese estado mental. Esa mezcla entre lo familiar y lo extraño funciona bastante bien, porque constantemente estás viendo lugares que parecen normales, pero hay algo incorrecto en ellos. Algo que no encaja. Y eso genera una tensión incómoda que termina siendo el verdadero motor de la película.

Otro elemento que definitivamente va a dividir opiniones es que la película prácticamente no explica nada. Muchísimas cosas quedan abiertas a interpretación y eso puede ser fascinante para algunos espectadores, especialmente para quienes disfrutan analizando teorías o reflexionando sobre lo que vieron. Pero también entiendo completamente a quienes van a salir frustrados. Hay momentos donde uno realmente siente que necesita más respuestas y la película simplemente decide no entregarlas.

A nivel técnico, eso sí, hay varios puntos realmente destacables. Las actuaciones funcionan bastante bien dentro del tono extraño y contenido que maneja la película, mientras que la música y el diseño sonoro terminan siendo fundamentales para construir esa sensación constante de incomodidad. Pero probablemente lo más impresionante sea la ambientación. Saber que construyeron más de 30.000 pies cuadrados de sets físicos para recrear los Backrooms le entrega a la película una sensación de realismo muy distinta a la que habría tenido utilizando únicamente efectos digitales. Los espacios se sienten tangibles, fríos, vacíos y profundamente inquietantes, casi como si el espectador también estuviera atrapado dentro de ese laberinto interminable.

Y, aunque personalmente la película no terminó convenciéndome del todo, sí puedo reconocer que tiene una identidad muy marcada y una propuesta bastante única dentro del cine de terror actual. “Backrooms: Sin Salida” (Backrooms) no busca ser una experiencia convencional ni entregar respuestas fáciles; apuesta más por la interpretación, la atmósfera y la sensación de desconcierto permanente. Eso inevitablemente hará que muchas personas la rechacen, pero también permitirá que otras conecten profundamente con su propuesta. Por lo mismo, creo que es una película que vale la pena experimentar y juzgar personalmente, porque probablemente cada espectador va a salir de la sala con una percepción completamente distinta de lo que acaba de ver.

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