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Ya está disponible en los cines de Chile: “Después de la Niebla”, adaptación de la novela escrita por María Edwards, que nos muestra un retrato íntimo de la infancia desde una mirada contenida y poética, donde los silencios, las ausencias y los pequeños gestos adquieren una enorme fuerza emocional.
Sinopsis: María vive durante la semana en una pensión en Osorno. Añora a sus padres, e internaliza el duelo del abandono. Los fines de semana vuelve a su casa en un lago. Cuando los amigos de sus padres vienen de visita desde Santiago, María se ve aún más olvidada.
“Después de la Niebla” nos presenta la historia de María, una niña de 8 años que vive en Panguipulli durante 1988. Su vida transcurre entre el internado donde pasa la semana y la casa familiar a la que vuelve los fines de semana, un espacio donde rápidamente queda en evidencia la escasa atención y el desapego de sus padres hacia ella.
Inspirada en el libro homónimo de María Edwards, la cinta construye su relato completamente desde la mirada de esta niña, mostrándonos cómo percibe el mundo, el contexto de los últimos años de dictadura y la distante relación con unos padres demasiado concentrados en sus propios intereses como para incluirla emocionalmente. Se trata de la segunda película chilena de la directora inglesa Mirian Heard (Tierra Yerma).

La protagonista, Ema Godoy, debuta en el cine mostrando mucha destreza y naturalidad en su actuación. A su lado está Inés Martín, también debutante, quien interpreta a Daniela, la mejor amiga de María en el internado. Ambas aportan inocencia y autenticidad a cada escena que comparten.
En el elenco adulto destacan Valentina Muhr (Limpia) como Rosario, la madre de María; Mario Horton (Matar a Pinochet) como Juan, su padre; y Viviana Herrera (La Vida Simplemente) como Eliana, la nana de la familia. Por su parte, Heidrun Breier (El Presidente) interpreta a la madre a cargo del internado, repitiendo colaboración con la directora tras su participación en la primera película de Heard.

Desde lo técnico, la película destaca por una fotografía impecable y una dirección de arte muy cuidada, capaz de reconstruir con detalle la época. La cámara acompaña constantemente a María, situándonos siempre desde su punto de vista, como si fuéramos testigos directos de todo lo que observa y experimenta. En ese sentido, resultan especialmente interesantes las secuencias semioníricas que aparecen cuando la niña se desmaya al intentar aguantar la respiración. A través de planos rápidos y efectos visuales sutiles, el montaje logra transmitir con mucha fuerza la sensación de extravío y desconexión.
También es importante mencionar que estamos frente a una película claramente pensada para circuitos de festivales. Su ritmo es pausado y, en apariencia, pareciera no existir un conflicto concreto. Sin embargo, el verdadero conflicto es interno: María es una niña que no logra comprender ni el comportamiento de sus padres ni el complejo contexto político que la rodea. La película se mantiene fiel a esa perspectiva hasta el final, porque ella jamás alcanza a procesar completamente todo lo que ocurre a su alrededor, tal como sucede muchas veces en la vida real.

Probablemente, el espectador más acostumbrado a relatos tradicionales espere un viaje con transformaciones evidentes, grandes revelaciones o algún aprendizaje definitivo para la protagonista. Pero esa no es la propuesta de la película. La cinta apuesta más bien por observar un fragmento en la vida de María, contemplando su soledad en medio de los hermosos paisajes de Panguipulli. A través de esa mirada, el filme también retrata a padres profundamente egoístas, capaces de priorizarse a sí mismos antes que a sus hijos, llegando incluso a percibirlos como una carga. Es una idea dolorosa y triste.
















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