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Ya está disponible en los cines de Chile: “Ŋa hinarere (Los Hijos)”, documental dirigido por Leonardo Pakarati que rescata un momento clave en la historia de Rapa Nui: el proceso en que su comunidad comenzó a recuperar su memoria y su vínculo con el territorio.
Sinopsis: Los hijos reflexionan sobre un acontecimiento de 1955: la expedición del noruego Thor Heyerdahl a Rapa Nui, que atrajo la atención mundial. En un contexto de control militar y fractura identitaria, el Rapa Nui Lázaro Hotu desafía la idea de que su pueblo había perdido el conocimiento ancestral y encabeza la restauración del primer moai erguido en la época moderna. Ese hecho se convierte en un momento de encuentro que une a la comunidad. A través de la memoria heredada, el film reflexiona sobre dignidad, resistencia y transmisión.
Todo parte como un puzzle antiguo, de esos que uno encuentra incompletos, con piezas que parecen calzar, pero que todavía no revelan una imagen clara. Rostros que se sienten cercanos y, al mismo tiempo, distantes: rapanui escapando de la isla, noruegos instalándose en ella, chilenos intentando entrar. Uno se pregunta constantemente cómo encaja todo esto, hasta que aparece una frase: “yo vi cómo levantaron un moái después de cien años”, y todo comienza a ordenarse, no desde la lógica, sino desde la memoria. El documental de Leonardo Pakarati no cuenta una historia lejana: habla de los años 50, de un pasado demasiado reciente, cuando el mundo miraba a Rapa Nui como un misterio arqueológico mientras su pueblo seguía viviendo bajo control colonial.
En 1955, la expedición de Thor Heyerdahl puso a la isla en el foco mundial. Pero mientras la atención se centraba en los moáis caídos, la población continuaba sometida a la autoridad de la Armada chilena. La película relata la historia de Lázaro Hotu y su pueblo, quienes, desafiando sospechas y restricciones, levantaron la cabeza de sus antepasados y, con ello, algo mucho más profundo: la recuperación de una memoria silenciada. No es solo un gesto arqueológico; es un acto político, espiritual y profundamente humano. Un punto de inflexión que comienza a mover algo que llevaba generaciones detenido.

Lo más potente es cómo el documental logra hilar historias que, en apariencia, parecen inconexas: exploradores noruegos fascinados con la isla, figuras como Lorenzo Baeza transformando la vida local, y un Chile que, mientras se pensaba libre, actuaba como colonizador. No hay un juicio explícito, pero sí una incomodidad permanente. Porque lo que se revela no es únicamente historia, sino identidad. Es comprender que los Ŋa Hinarere (Los Hijos) son herederos de un pasado que no eligieron, pero que inevitablemente los define. Y en medio de todo eso emerge una frase que resuena con fuerza: “ni mejor, ni peor, simplemente diferente”. Una manera de posicionarse sin jerarquías ni superioridad, pero con dignidad.
En lo visual, la película tiene algo profundamente conmovedor. El material que presenta mezcla archivos que, en otro contexto, podrían parecer cotidianos o incluso olvidables, pero que aquí adquieren un peso enorme. Hay una base muy latina, muy nuestra: porteños bailando cueca antes de embarcar, los campamentos de los noruegos, los rapanui lanzándose a los arrecifes para pescar. Imágenes que uno podría haber visto al pasar, pero que acá construyen un viaje en el tiempo lleno de sentido. Incluso aparece material en Super 8 que captura momentos únicos, como el saludo entre Lizama y Heyerdahl tras levantar el moái, casi como si se estuviera registrando el instante exacto en que el espíritu de la isla vuelve a ponerse de pie. Ese gesto (realizado por los propios habitantes) no solo tuvo un impacto simbólico: permitió que el mundo comenzara a verlos, reconocerlos y validar su existencia. Porque antes de eso, ni siquiera eran considerados plenamente humanos; la iglesia que los educaba hablaba de los niños como “pequeños animales” por no hablar español. Y esa violencia, silenciosa pero brutal, atraviesa toda la película.

Entre las figuras que llegan desde fuera, William Mulloy ocupa un lugar especial. Lo interesante de él es que no aparece únicamente como explorador o investigador extranjero, sino como alguien que, con el tiempo, termina echando raíces en Rapa Nui y vinculándose profundamente con su comunidad. Su figura desborda la lógica del visitante: deja de ser solo el estudioso fascinado por los moáis para convertirse en parte de una historia mayor, donde recuperar el pasado también significaba abrirle paso a una nueva forma de libertad. En ese tránsito, Mulloy representa algo poco habitual: no al hombre que llega a poseer un territorio con la mirada, sino a quien se deja transformar por él.
Como dice un descendiente de Lázaro, son las “imágenes vivas de antepasados y lo grandes que fueron; viven a través del moái”. Lo mismo ocurre con esta película documental, que de alguna manera termina convirtiéndose en un moái en movimiento, proyectado ante nosotros.

Luego de diez años desde su último documental, Te Kuhane o Te Tupuna (El espíritu de los ancestros) (2015), Pakarati regresa con una obra que no solo continúa levantando el espíritu de Rapa Nui, sino también el alma de quienes somos testigos de estas imágenes en la gran pantalla. Hay algo casi ceremonial en la experiencia de ver “Ŋa hinarere (Los Hijos)”: como entrar a una capilla un domingo, pero en vez de escuchar un sermón, asistir al regreso de una memoria que vuelve a hablar. No es una película que uno simplemente “ve”; es una película que uno recibe.
Y vale la pena recomendar también, para seguir visitando estas imágenes nunca antes vistas, el documental anterior del director, Te Kuhane o Te Tupuna (El espíritu de los ancestros) (2015), además de Tierra Sola (2017), de Tiziana Panizza, vinculada igualmente a este universo de archivo y memoria. Esa película trabaja con material recopilado desde el found footage de viajeros que dejaron sus imágenes de la isla en la aduana, construyendo otra cara igual de potente: la de una cárcel sin paredes, una isla que evolucionó a destiempo respecto del continente más cercano. Es una visita importante para quien quiera seguir entrando en esta historia, y puede hacerse a través de Ondamedia.

“Ŋa hinarere (Los Hijos)” no es solo un documental histórico. Es una película que obliga a mirar hacia atrás y hacia adentro al mismo tiempo. Enfrenta al espectador con una historia que, como país, hemos preferido no mirar, y lo hace sin gritar, pero con una claridad que incomoda. Es de esas películas que deberían estar en salas de clase, no únicamente en festivales. Porque hay relatos que no siempre se enseñan, pero que igualmente nos pertenecen. Que los vientos los lleven a verla. Buenos vientos en su viaje.
















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